aprender desde el asombro

«Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan” nos dice Antoine De Saint-Exupéry en la dedicatoria de su obra El Principito. Una simple frase que, no obstante, puede calar hondo en nuestro ser y llevarnos a la reflexión: ¿Por qué será que olvidamos a ese niño, a esa niña que fuimos? ¿Por qué no recordamos el modo en que concebíamos el mundo? ¿Cómo es que llegamos a perder aquella capacidad de asombro ante todo lo que nos rodeaba?

Los niños son, sin duda, nuestros maestros del asombro. Para ellos, todo es oportunidad para conocer, explorar, tocar y sentir. El mismo mundo se les presenta como una novedad digna de su completa curiosidad. Nada lo dan por sentado. Como afirmaba María Montessori: un niño asombrado no ve, sino que mira, escucha e interioriza. No le teme al silencio; más bien, lo busca, pues en él se puede reflexionar, formular preguntas, pensar, buscar respuestas…

Podríamos decir que estos pequeños viven en un estado de perpetuo asombro. Buscan descubrir el mundo y se (nos) preguntan constantemente: “¿por qué?”. Y es entonces que llegan a un aprendizaje significativo. Es a partir de ese deseo activo por aprender que logran incorporar nuevos contenidos. Y es significativo porque no lo aprenden y ya, sino que consiguen conectarlo con sus experiencias, emociones y conocimientos previos.

Volvamos, entonces, a la pregunta inicial: ¿Cómo es que llegamos a perder esta capacidad de asombro? ¿Qué pasa con nuestro mundo actual que va tan deprisa? Ya no vivimos para el hoy; ni siquiera para el mañana: vivimos para el ayer. Todo debemos hacerlo rápido. Como docentes, las exigencias nos agobian y nos sentimos desbordados. Llevamos un ritmo de vida tan frenético, tan lleno estimulación auditiva, visual y cognitiva, que lo verdaderamente importante se nos escapa de las manos. Hemos perdido la capacidad de asombrarnos con todas las riquezas y experiencias que suceden diariamente en el aula. No nos damos ya la posibilidad de mirar a nuestros alumnos a los ojos y maravillarnos de ellos, de lo que dicen, de lo que sueñan…

¿No nos estaremos perdiendo cosas muy valiosas por llevar este estilo de vida en piloto automático? ¿Y si volviéramos al asombro? ¿Y si volviéramos a preguntarnos por qué?  Muchas veces caemos en la trampa de pensar que lo sabemos todo. Que lo conocemos todo. Que ya no hay nada nuevo para nosotros. ¿Y si nos atreviéramos a imitar a los niños? ¿Y si nosotros también pudiéramos sorprendernos ante una simple puesta de sol? ¿Y si buscáramos recuperar ese asombro y entusiasmo que predominaba en nuestras primeras experiencias como docentes?

Nuestra invitación es retomar el aprendizaje desde el asombro. Volver a la sencillez de lo cotidiano. Dejarse sorprender. Reconocer y valorar la belleza de las pequeñas cosas. Y a partir de allí, enseñarles también a nuestros alumnos a maravillarse de todo lo que los rodea. Practicar el ejercicio de detenerse y mirar. Motivarlos a ser los protagonistas de sus propias vidas.

La experiencia de maravillarse puede suceder de muchas maneras: mirar a los ojos a un bebé recién nacido, escuchar la risa de un hijo, apreciar con nuestras manos los pétalos de una flor, leer libros que nos emocionen, respirar profundo, sostener el aire y exhalarlo lentamente, saborear el primer sorbo de café por la mañana, detenerse más de lo normal en ese abrazo, tomarse de la mano…

La capacidad de asombro implica darnos la oportunidad de maravillarnos ante algo que es más vasto que nosotros y que nos recuerda que somos parte de un mundo cuya comprensión trasciende nuestro entendimiento.

¡Animémonos, como educadores, a cambiar el enfoque y transformemos nuestras aulas en espacios asombrosos! Solo así, tanto estudiantes como docentes, podremos enseñar y aprender desde el entusiasmo, la maravilla y el asombro.

¡Contanos en comentarios qué te pareció!

APRENDER DESDE EL ASOMBRO

«Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan” nos dice Antoine De Saint-Exupéry en la dedicatoria de su obra El Principito. Una simple frase que, no obstante, puede calar hondo en nuestro ser y llevarnos a la reflexión: ¿Por qué será que olvidamos a ese niño, a esa niña que fuimos? ¿Por qué no recordamos el modo en que concebíamos el mundo? ¿Cómo es que llegamos a perder aquella capacidad de asombro ante todo lo que nos rodeaba?

Los niños son, sin duda, nuestros maestros del asombro. Para ellos, todo es oportunidad para conocer, explorar, tocar y sentir. El mismo mundo se les presenta como una novedad digna de su completa curiosidad. Nada lo dan por sentado. Como afirmaba María Montessori: un niño asombrado no ve, sino que mira, escucha e interioriza. No le teme al silencio; más bien, lo busca, pues en él se puede reflexionar, formular preguntas, pensar, buscar respuestas…

Podríamos decir que estos pequeños viven en un estado de perpetuo asombro. Buscan descubrir el mundo y se (nos) preguntan constantemente: “¿por qué?”. Y es entonces que llegan a un aprendizaje significativo. Es a partir de ese deseo activo por aprender que logran incorporar nuevos contenidos. Y es significativo porque no lo aprenden y ya, sino que consiguen conectarlo con sus experiencias, emociones y conocimientos previos.

Volvamos, entonces, a la pregunta inicial: ¿Cómo es que llegamos a perder esta capacidad de asombro? ¿Qué pasa con nuestro mundo actual que va tan deprisa? Ya no vivimos para el hoy; ni siquiera para el mañana: vivimos para el ayer. Todo debemos hacerlo rápido. Como docentes, las exigencias nos agobian y nos sentimos desbordados. Llevamos un ritmo de vida tan frenético, tan lleno estimulación auditiva, visual y cognitiva, que lo verdaderamente importante se nos escapa de las manos. Hemos perdido la capacidad de asombrarnos con todas las riquezas y experiencias que suceden diariamente en el aula. No nos damos ya la posibilidad de mirar a nuestros alumnos a los ojos y maravillarnos de ellos, de lo que dicen, de lo que sueñan…

¿No nos estaremos perdiendo cosas muy valiosas por llevar este estilo de vida en piloto automático? ¿Y si volviéramos al asombro? ¿Y si volviéramos a preguntarnos por qué?  Muchas veces caemos en la trampa de pensar que lo sabemos todo. Que lo conocemos todo. Que ya no hay nada nuevo para nosotros. ¿Y si nos atreviéramos a imitar a los niños? ¿Y si nosotros también pudiéramos sorprendernos ante una simple puesta de sol? ¿Y si buscáramos recuperar ese asombro y entusiasmo que predominaba en nuestras primeras experiencias como docentes?

Nuestra invitación es retomar el aprendizaje desde el asombro. Volver a la sencillez de lo cotidiano. Dejarse sorprender. Reconocer y valorar la belleza de las pequeñas cosas. Y a partir de allí, enseñarles también a nuestros alumnos a maravillarse de todo lo que los rodea. Practicar el ejercicio de detenerse y mirar. Motivarlos a ser los protagonistas de sus propias vidas.

La experiencia de maravillarse puede suceder de muchas maneras: mirar a los ojos a un bebé recién nacido, escuchar la risa de un hijo, apreciar con nuestras manos los pétalos de una flor, leer libros que nos emocionen, respirar profundo, sostener el aire y exhalarlo lentamente, saborear el primer sorbo de café por la mañana, detenerse más de lo normal en ese abrazo, tomarse de la mano…

La capacidad de asombro implica darnos la oportunidad de maravillarnos ante algo que es más vasto que nosotros y que nos recuerda que somos parte de un mundo cuya comprensión trasciende nuestro entendimiento.

¡Animémonos, como educadores, a cambiar el enfoque y transformemos nuestras aulas en espacios asombrosos! Solo así, tanto estudiantes como docentes, podremos enseñar y aprender desde el entusiasmo, la maravilla y el asombro.

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